Tengo un altavoz inteligente en casa pero me da miedito usarlo

Papá Noel y los Reyes Magos debieron acabar un poco hasta las narices del Amazon Echo Dot estas pasadas navidades. Este altavoz inteligente se convertía en una de las recomendaciones frecuentes de las listas de regalos, pero en realidad el éxito de Amazon era solo parte de la historia: otros fabricantes también aprovechaban su oportunidad para inundar los hogares de pequeños (y no tan pequeños) dispositivos a los que dar órdenes y preguntar de todo.

Mi historia con estos altavoces inteligentes en particular y con los asistentes de voz en general ha sido una de amor y odio. Esta es la historia del auge y caída de los asistentes de voz en mi casa contada por alguien que —dedicándose a esto— probablemente debería usarlos más de lo normal, pero que los usa mucho menos.

Los orígenes

El SIMO es una sombra de lo que fue, pero a finales de los 90 era algo así como el CES español. Su relevancia era excepcional para el público español, y aunque no se le puede comparar con lo que representa hoy en día el Mobile World Congress, seguía siendo una feria imprescindible para profesionales, pero también para usuarios de la informática.

Fue allí donde comenzó el sueño. En el stand de Nuance un tipo trajeado hablaba de las virtudes de Dragon Naturally Speaking. "¡No necesitaréis teclear más en el ordenador!", gritaba con pasión, como vendiendo elixires de la juventud en una vieja película del oeste. No le creías, claro. No hasta que veías al tipo redactar un documento de Word sin tocar una tecla.

Aquel mago lograba que aquello pareciese fácil. No lo era. Para usar aquella solución de dictado tenías que aprender un nuevo idioma: el que usaba esa aplicación. Hablar así imponía una curva de aprendizaje que pronto cansaba. Aunque lo intenté, jamás logré que aquello cuajase. Siempre volvía al teclado. Controlar una máquina por la voz seguía —al menos para mí— siendo una utopía-. Pero el sueño estaba ahí.

Años más tarde Google lograría convencernos a todos de que ese sueño era, en efecto, posible. Con Google Now —que más tarde derivó en el asistente de Google— todos pudimos disfrutar en nuestros móviles de aquellas primeras ventajas de los asistentes de voz. El "OK Google" se convirtió en algo simpático y útil, aunque limitado por su alcance.

Para mí el cambio sucedió con los relojes inteligentes. Compré un LG Watch Urbane de primera generación y comencé a usarlo de forma habitual. El "OK Google" se transformó en algo relativamente frecuente en mi rutina diaria, tanto dentro como fuera de casa. Mis conocidos hacían bromas con aquello y me llamaban con un "OK Google" a ver si respondía. A veces lo hacía.

Sin embargo acabé dejando de usar aquel reloj tras un fugaz reencuentro. Lo de tener cargarlo a cada poco no era tanto problema: lo realmente preocupante fue que Google dejó Android Wear abandonado desaprovechando una oportunidad de la que Apple sí supo sacar partido.

Me dije a mí mismo que Google se merecía un castigo: tenían el mejor y más avanzado asistente de voz del mundo, habían llegado a tiempo al mercado y no habían tenido el acierto de aprovechar un mercado en el que podían haber sido mucho más relevantes.

El reloj se quedó aparcado en un cajón, y hoy en día ahí sigue: solo lo me lo pongo de forma ocasional, y más por sus fantásticas esferas —no tengo un LG Watch Urbane, tengo un Hamilton Khaki X-Wind Aviation— que por un asistente de voz que curiosamente es más útil que nunca, pero que yo acababa usando menos.

Del reloj al altavoz inteligente

Aquellas decepciones no acabaron del todo conmigo. Seguía usando el "OK Google" en el móvil y usando de vez en cuando Cortana en Windows 10. Microsoft, como suele hacer, se había pasado de frenada queriendo meter su asistente de forma demasiado forzada. Dejé de usarlo también cuando pareció convertirse en algo obligatorio —como Kinect en aquellas primeras Xbox One—, pero una vez más aquella utopía estaba claramente más cerca que nunca.

Y entonces llegaron los altavoces inteligentes. La idea era (y es) brillante. Tener a alguien que siempre te escucha sin hablar hasta que se lo pidas, y que hace (bastante) eso que le pides si lo haces en su lenguaje. Un lenguaje que ya no está lleno de palabras clave como aquel del Dragon Naturally Speaking. De "naturally" aquello tenía más bien poco.

Los asistentes pronto comenzaron a conquistar el mercado, y aunque Google tenía un asistente de voz superior, quien acabó llevándose el gato al agua fue Amazon. Alexa es en cierto modo más "tonto", pero sus célebres "Skills" que cualquiera puede añadir lo han convertido en un éxito entre la comunidad de usuarios: puedes ir más allá de lo que la propia Amazon pensó que podrías ir. Es un concepto fantástico.

Puede que al final muchos de esos Skills acaben infrautilizados, pero ese componente ha hecho que toda la comunidad de usuarios y desarrolladores apoye ese concepto. La apuesta de Google con su familia de altavoces Home (ahora Nest) no ha sido tan clara ni potente: Amazon no para de renovar sus modelos, mientras que en Google el catálogo se ha quedado algo corto. Es como si no quisieran competir. Extraño.

El caso es que mi idea no era comprar uno de estos aparatitos. En esta casa suelo escribir mucho de privacidad y de lo perdida que está esa batalla, así que tener al enemigo en casa no me apetecía demasiado.

Lo decía hace poco también mi compañero de batalla en estos pequeños relatos dominicales. Javier Lacort (@jlacort) explicaba entonces, considero al altavoz como alguien a quien hablo y le cuento cosas. Da igual cuáles: es una cuestión de confianza, como decía él. Y mi confianza en que estas empresas guardarán el secreto es escasa.

Al final, no obstante, acabamos comprando uno estas navidades. Nuestros peques ponen constantemente música en su Chromebook o en la tableta, y para que tuvieran una forma fácil de hacer lo mismo decidí probar con los altavoces.

Primero pedimos un Echo Dot, y tras configurarlo nos dimos cuenta de que aquello no nos servía: el particular jardín amurallado de Amazon hacía que no pudiéramos usarlo como queríamos en casa: no estamos suscritos a Amazon Prime Music ni a Spotify Premium pero sí a YouTube Music (sí, soy uno de esos), así que la utilidad del invento quedaba reducida para nuestros propósitos.

La decisión estaba clara: lo devolvimos y compramos un Google Home Mini, que funciona a la perfección con YouTube Music —otro bonito jardín amurallado, por supuesto— y que los niños empezaron a usar con ilusión. La calidad de sonido está bien para lo que necesitan y la interacción es sencilla y funcional. Como producto para esas acciones básicas no se le pueden poner peros, desde luego.

Sin embargo ese uso se ha reducido en los últimos tiempos. Mucho.

La culpa es probablemente mía. Les obligaba a que se acordaran de utilizar el interruptor físico del micrófono para que el altavoz no estuviese activo en todo momento, pero además mi particular paranoia con la privacidad hacía que ni siquiera me guste mucho que estuviese todo el tiempo encendido. Desenchufarlo era la solución, pero lógicamente todas esas opciones acaban con la utilidad del producto: la idea es que esté ahí, siempre pendiente, para que puedas usarlo cuando quieras.

Estoy siendo bastante hipócrita, claro: el móvil está constantemente encendido y conmigo, así que Google no necesita mucha más ayuda en ese sentido. No solo el móvil, claro: ahora todo trata de escucharte y recolectar datos —incluidas las aplicaciones contra el coronavirus—, así que andar con estas medidas a estas alturas resulta probablemente una exageración.

Aquí, claro, está el criterio de cada cual. Es el célebre 'no tengo nada que ocultar' con el que un amigo me volvía a insistir hace unos días en que a él eso no le importaba. Igual hasta está bien que Google te escuche. Ahora más que nunca espero que lo esté haciendo y me mande buenas ofertas de papel higiénico.

El problema es que sigo pensando que esa voracidad de datos es exagerada e inquietante. Yo intento luchar contra esa recolección masiva de datos porque sigo pensando que igual esto de que las Google, Amazon o Microsoft del mundo sepan tanto de nosotros no es tan buena idea a largo plazo. Es imposible escapar a ello: los altavoces inteligentes son prueba de ello, y una vez más la comodidad y lo convenientes que son hace que sea difícil no sacrificar un poco más esa privacidad que la verdad, parece ya perdida.

A Javier Lacort unos cuantos lectores le criticaron esa forma de pensar. Sugerían básicamente que se metiera en una cueva, porque a estas alturas la tecnología funciona así. Yo creo que es una cuestión muy sencilla de elecciones personales.

Respeto e incluso envidio a todos los que tienen su altavoz permanentemente conectado para hacer de todo de forma sencilla. Hasta cierto punto, yo también querría hacerlo.

Quizás lo haga en algún momento, pero hoy y aquí sigo resistiéndome a ello. Quizás no debería hacerlo, ciertamente. Vivo de esto y debería favorecer el progreso tecnológico, no luchar contra él.

Pero es que este progreso tecnológico en concreto me preocupa cuando escribo mis temas y leo los de mis compañeros aquí y en otros medios. No soy el único, ojo. Lo cual provoca que el altavoz inteligente, al menos en mi casa, esté de momento algo condenado.

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