Le Mans, 1955: se cumplen 69 años de la mayor tragedia de la historia del automovilismo

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Los deportes a motor son, inherentemente, deportes de riesgo, en los que la emoción se deriva de la pericia necesaria para dominar bestias mecánicas de enorme poder. En ocasiones, ni la pericia ni la experiencia pueden evitar que los accidentes ocurran.

Es lo que pasó con la tragedia de Le Mans de 1955, que 69 años después permanece la memoria colectiva de los entusiastas de las carreras y del público en general como un capítulo sombrío, imborrable. Las 24 Horas de Le Mans, una carrera de resistencia reconocida por su exigencia en materia de resistencia y concentración, se transformó ese fatídico día en un escenario de devastación y dolor sin precedentes.

El escenario se preparó el 11 de junio de 1955, cuando los mejores pilotos del mundo y las máquinas de carreras más avanzadas convergieron en el Circuito de la Sarthe en Le Mans, Francia. Fanáticos de muchos países se dieron cita para presenciar la prueba definitiva de velocidad, habilidad y coraje que se desarrollaba ante sus ojos.

Entre los contendientes se encontraban marcas históricas como Mercedes-Benz, Jaguar, Ferrari y Aston Martin, cada una compitiendo por la supremacía en la legendaria pista. La atmósfera era de emoción cuando comenzó la carrera, con los coches corriendo por la recta de Mulsanne a velocidades vertiginosas y sus motores rugiendo en una sinfonía de potencia y precisión.

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Sin embargo, en la cuarta hora de carrera, el desastre golpeó. Pierre Levegh, un piloto francés al volante de un Mercedes-Benz 300 SLR, se acercó a la traicionera curva al final de la recta, conocida como la Maison Blanche, para tratar de evitar un choque. En una fracción de segundo, el carro de Levegh se salió de control y se estrelló contra las tribunas abarrotadas.

El impacto fue inmediato y catastrófico. El Mercedes-Benz se desintegró tras el impacto, lanzando metralla y escombros por el aire como proyectiles mortales. El bólido de fuego cortó la tribuna como mantequilla. Los espectadores no tuvieron tiempo de reaccionar cuando el caos estalló en las gradas.

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Las consecuencias fueron una escena de horror. Los cuerpos yacían esparcidos entre los escombros, mientras gritos de agonía perforaban el aire.

La carrera continuó

De manera increíble, las autoridades de la competencia ordenaron no detener la carrera. Los rescatistas corrieron contra el tiempo para sacar a los heridos y administrar ayuda, pero sus esfuerzos se vieron obstaculizados por la magnitud de la tragedia. Y en tanto, los carros seguían compitiendo.

Muchas voces cuestionaron la decisión como inhumana e insolidaria, pero otras argumentan que continuar la carrera mantuvo la calma en el resto de las gradas y, probablemente, haya ayudado a evitar más víctimas al prevenir que multitudes impidieran el acceso a las ambulancias.

Como sea, pasaron horas antes de que se conociera la enormidad de la pérdida. El número de muertos aumentó constantemente en las horas y días siguientes, y decenas de espectadores sucumbieron a sus heridas. El saldo final ascendería a 83 personas, lo que lo convierte en uno de los accidentes más mortíferos de la historia del automovilismo.

Las repercusiones de la tragedia de Le Mans repercutieron mucho más allá de los confines del mundo de las carreras. Provocó una protesta mundial y obligó a un examen de conciencia generalizado sobre la seguridad de los eventos de deportes de motor y las responsabilidades tanto de los fabricantes como de los organizadores. 

Posteriormente, se implementaron estrictas normas de seguridad, que transformaron el panorama del deporte del motor y allanaron el camino para una nueva era de énfasis en la seguridad de conductores y espectadores.

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