Cuando en 2020 la misión OSIRIS-REx logró recolectar muestras del asteroide Bennu, la NASA sabía que estaba asegurando algo más que polvo espacial. Cuatro años después, ese material reveló un mosaico de orígenes, transformaciones y pistas sobre la historia temprana del sistema solar.
Lejos de ser una simple roca vagando en el espacio, Bennu se ha convertido en un archivo natural que condensa episodios de la formación planetaria, la química cósmica y los efectos del tiempo en entornos extremos.
De hecho, al abrir la cápsula de OSIRIS-REx, la NASA también abrió una ventana a los orígenes más lejanos de nuestra historia planetaria. Un fragmento de polvo cósmico que, contra toda probabilidad, sobrevivió miles de millones de años para contarnos de dónde venimos.
Materia de distintos rincones del universo
(NASA)
Los análisis publicados recientemente en revistas como Nature Astronomy y Nature Geoscience muestran que Bennu está compuesto por una mezcla de materiales sorprendentemente diversa.
En sus granos hay polvo de estrellas que existieron antes de que naciera nuestro sistema solar, compuestos orgánicos que se habrían formado en el espacio interestelar y minerales de altas temperaturas que solo pudieron originarse cerca del Sol. Todo ello sugiere que los bloques que formaron a Bennu viajaron desde lugares muy distintos antes de quedar atrapados en un mismo cuerpo.
El hallazgo confirma la hipótesis de que los asteroides son verdaderas cápsulas del tiempo. Cada partícula es testigo de un trayecto que empezó mucho antes de la formación de la Tierra, y entender cómo esos materiales se agruparon permite reconstruir las dinámicas de transporte de polvo y hielo en la nebulosa solar primitiva.
Agua como motor de cambio
(NASA)
Aunque algunos fragmentos lograron sobrevivir intactos durante miles de millones de años, la mayor parte del material de Bennu fue transformado por su interacción con el agua. Los estudios indican que el asteroide originario del que proviene acumuló hielo y polvo; con el paso del tiempo, el calor derritió ese hielo y los líquidos resultantes reaccionaron con los sólidos.
El resultado es un cuerpo en el que hasta un 80 por ciento de sus minerales contienen agua, una huella química que refleja los procesos de hidratación y alteración en el espacio profundo.
Este descubrimiento refuerza la idea de que el agua no solo estuvo presente en abundancia en el sistema solar primitivo, sino que también fue un agente clave en la evolución de los cuerpos menores.
Las cicatrices del espacio abierto
(NASA)
La historia de Bennu tampoco se detiene en sus orígenes. La superficie de sus muestras muestra señales claras de una vida marcada por impactos y erosión. Los investigadores encontraron diminutos cráteres y salpicaduras de roca fundida causadas por micrometeoritos, así como daños atribuidos al viento solar.
Este proceso, conocido como meteorización espacial, está alterando a Bennu más rápido de lo que se pensaba y ofrece una nueva mirada sobre cómo evolucionan los asteroides que carecen de atmósfera.
Cada cicatriz microscópica en el material recolectado funciona como una crónica de choques e interacciones con el entorno, revelando que estos cuerpos son mucho más dinámicos de lo que se creía.
Un legado para la exploración futura
(NASA)
El valor de las muestras de Bennu va más allá de su interés científico inmediato. Al compararlas con los materiales obtenidos del asteroide Ryugu por la misión japonesa Hayabusa2 y con los meteoritos más primitivos encontrados en la Tierra, los científicos pueden mapear similitudes y diferencias que ayudan a reconstruir un rompecabezas mayor: cómo se formó y evolucionó el sistema solar en sus primeros millones de años.
Más que responder preguntas, los granos de Bennu están planteando nuevas: ¿cómo se distribuyeron realmente los materiales en los primeros tiempos del sistema solar? ¿qué papel jugaron los asteroides en el transporte de agua y compuestos orgánicos a la Tierra?
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